Los exiliados: Fines y Reinicios de la Tierra 2 (libro completo)

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Queridos lectores, mi segunda de ciencia ficción, denominada Los exiliados: Fines y reinicios de la Tierra 2 estará disponible su lectura completa a partir del día de hoy.

Queridos lectores, mi segunda de ciencia ficción, denominada Los exiliados: Fines y reinicios de la Tierra 2 estará disponible su lectura completa a partir del día de hoy. Ella se suma a la entrega de El agente y la psíquica, que corresponde a la primera parte.

Espero que esta experiencia sea igualmente grata, como lo fue para mí escribirla. Si quieren adquirir la versión original, pueden adquirirla a través de Amazon o Tiendamía.

Los exiliados

Y sucederá que después de esto,

          derramaré mi Espíritu sobre toda carne; 

          y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, 

          vuestros ancianos soñarán sueños, 

          vuestros jóvenes verán visiones. 

Y aun sobre los siervos y las siervas 

          derramaré mi Espíritu en esos días. 

Y haré prodigios en el cielo y en la tierra: 

          sangre, fuego y columnas de humo.

Joel 2 (28-30)

CAPÍTULO 1: LAGUNAS

I

Un muchacho cambia el teclado gastado de su ordenador por otro recién sacado de su envoltura. El trueque se hace con el aparato encendido pues porfía que no habrá conflicto entre las dos piezas. Acierta. Ingresa los comandos que se visualizan a través de una pantalla negra. A pesar de un filtro protector para su visión, se frota los ojos con un poco de cansancio y aprovecha para despojarse de una lágrima nacida de su ojo seco. De pronto, el ruido de su nave espacial llenándose de combustible y con piezas recién instaladas irrumpe en el silencioso estudio. 

  • ¿Te aburriste de leer? -le consulto. 

El muchacho deja su juego en pausa y voltea rápidamente. Me mira un segundo. Cierra los puños y mira en una dirección neutra para no fortalecer su enojo. 

  • ¿Por qué viniste? -pregunta con desdén. 
  • ¿No tienes que estudiar para un examen?  
  • ¿No tienes nada más que decir? -me responde. 
  • Parece que no te sorprende verme… ¿Sabes quién soy?
  • Eres quien escribe sobre mí. -Me responde con amargura. 
  • ¿Y no tienes ganas de hablar?

El muchacho toma uno de los libros de su estante. Tiene la intención de arrojármelo. Duda. Lo deja a un costado. Él se había ganado ese libro en un concurso. Un concurso humilde, pero justo. La justicia, sobre todo cuando escasea, no se arroja a la cara de las personas. 

  • ¡Quiero que me des oportunidades! 
  • Y yo quiero dártelas; pero creo que antes te mereces una explicación. 

El joven me clava su mirada. Lo veo serio, pero atento. Se está grabando mi imagen. Quiere leer lo que pienso a través de mi lenguaje no verbal, así como trató de analizar mi tono de voz algunos segundos atrás. Siempre le ha gustado recoger información. 

  • César, -continúo- mereces todas las oportunidades del mundo. Pero me preocupa que lo que encuentres te disguste y te haga renunciar… Así que te pregunto: ¿de verdad quieres tener oportunidades fuera de este refugio?

El joven deja de analizarme y me mira con hostilidad. La palabra “refugio” le molesta. Era demasiado invasiva, pero me ayudó a que estudie mi mensaje. Sigue pensando en el exterior con curiosidad adolescente y abulia de senectud. Durante un tiempo pensó que conocer el corazón de las personas lo pondría más cerca de ellas. Fracasó completamente. Por eso prefirió esconderse dentro de sí mismo. Construyó un mundo interior hermético y primitivo, en el que reinaba el orden y el razonamiento causal.

  • Tú no quieres oportunidades, César. Solo te quedas aquí. Lees, juegas, conversas contigo mismo. Expandes tu mente y entrenas tu cuerpo; pero  ni siquiera hablas con los que están afuera. ¿Acaso tienes miedo?
  • Tú sabes que no tengo miedo. 
  • Entonces… ¿Te molesta lo que percibes de la gente?

César se pone de pie. No tiene ningún libro ni nada en sus manos. Camina despacio hacia mí. Pero antes de alcanzarme, se dirige hacia la puerta. La abre.

  • Quiero que te vayas. -me espeta.
  • Me encantaría, César…. Pero antes debes responderme.

El muchacho lee mi lenguaje corporal. Sabe que no seguiré sus palabras, así me arroje un libro o un piano. Intuye que no puede deshacerse de mí por la fuerza. 

  • Si no te vas, me iré yo primero. Manipularé a la gente. Me divertiré engañando. Haré que se equivoquen y pierdan la cordura. Tomaré lo que considere mío por derecho. ¡Acabaré con el mundo que creaste! ¿Serías feliz si hago eso?
  • Si realmente pensaras hacer eso no me lo dirías tan abiertamente. Ni siquiera decirlo te hace feliz. 
  • Entonces… ¿Para qué has venido?
  • Para decirte que debes ser más fuerte, César. Fuerte como nunca has imaginado. Y no hablo de arrojar un libro, darme una paliza o tratar de convencerme, sino para empezar a comprender lo que verdaderamente está ocurriendo en este mundo y disfrutar lo bueno que tiene la vida… Sé que podrás.
  • ¿Amar al mundo? -me interrumpe.
  • ¿No te has dado cuenta de que, muy en el fondo, te importa la gente? 

El muchacho deja de mirar hacia mí. Piensa en Flavia. Ella le importa mucho. Mira el cigarrillo a medio terminar en su cenicero y piensa en su familia. Se siente duro consigo mismo. Se pregunta nuevamente sobre cuáles eran las oportunidades que estaba buscando.

  • Entonces, ¿crees que puedo interesarme en alguien más allá de mi familia? -me interroga.
  • A alguien y a muchos. Y ellos te pueden devolver mucho más de lo que das, querido César. Pero llegar a amar es un proceso largo y sumamente complejo. Eso es lo que quería decirte. Que tus mayores triunfos serán cuando puedas querer, honesta y abiertamente, a personas que hoy no deseas encontrar.

César mira sus manos y luego el cigarrillo que termina de consumirse en el cenicero. Baja la mirada con una exhalación de alivio y gratitud. Luego se ríe de la inmensa torpeza que tuvo consigo mismo y de cuánto necesitaba de una visita como esta.

II

Varias décadas más tarde, César abre los ojos recostado en su cama. Mira a los alrededores antes de levantarse. Es una mañana fresca, como las que había en su juventud cuando el sol se asomaba a través de las ventanas. A su lado respira Lena. Se ha apoderado de casi toda la almohada, pero lo poco que deja se siente mucho más suave que en los quince años anteriores. 

Se realiza un autoexamen. La cicatriz de su hombro está secando. Lo mismo ocurre con el resto de las heridas. Tiempo aproximado de curación: setenta y dos horas. Fractura principal: una semana. Movilidad en un sesenta por ciento. 

Busca su dosis diaria de suero en el congelador. Calcula dos inyectables más para considerar el alta. 

  • ¿Cómo? ¿Te quedas dormido solo para drogarte temprano? -irrumpe Lena. 
  • ¿Quiéres un poco?
  • No, gracias. No me gusta la sangre ajena. 
  • Y haces bien… No sabes de dónde viene, y puede volverse adictiva.
  • ¿Como yo contigo?
  • O yo contigo. Al ponerme un suero con tu sangre tengo más rasgos clínicos de adicción.
  • Tal vez te podría convencer de que estás sano y aprovechar para que me prepares el desayuno.
  • Me quedo con lo último si preparas la mesa. 

La pareja prepara las cosas para todos. Estar vivos pesa más que la escasez. Con el olor llegan Barack y Lally. Finalmente, Daniel aparece con Evelyn de forma ceremoniosa y lenta. 

  • ¡Mira qué bien lo hace Daniel! ¡Parece que siempre cuidaste a tus seres queridos! -comenta Lally. 
  • Por lo menos te deja más tiempo libre, cariño -completa Barack. 

Todos comen con apetito, excepto Evelyn. 

  • ¿Te sientes mal, mi niña? -ataja Lally.
  • No. En verdad estoy muy agradecida por los cuidados que me dieron. Creo que soy una carga para ustedes y quisiera regresar donde empecé, pero no he terminado de recordar qué me trajo hasta aquí. 
  • ¿Me dejas intentar algo? -pregunta Lena. 

Evelyn asiente con la mirada. Daniel había encontrado la manera de hablarle de sus dones sin  atemorizarla. 

III

La mente en la que ingresas es similar a un pasillo cerrado. Hay falta de luz por todas partes. No porque falten las fuentes, sino porque han sufrido de violencia y ruptura. Las dos puertas más cercanas tienen palancas de hierro que solo pueden abrirse por fuera. 

La primera tiene una burda mirilla. Allí se oculta un salón lujoso y arenas movedizas que impiden la supervivencia al contacto. “Representa una escena traumática”, te dices. En la segunda hallas la imagen de un desierto llameante. Alguien grita en contra tuya. Te amenazan de muerte: “¡Asesina! ¡Asesina! ¡Muerte a la asesina!” Luego, esa figura mira en todas direcciones y repite su discurso. La miras fijamente y compruebas que no va hacia ti sino a la dueña de esta mente.

  “Estas dos escenas están selladas”, piensas. “Cuando hallamos a la dueña de esta mente solo encontramos su nombre sin apellido entre las vestimentas y los signos de agresión cognitiva… Signos tangibles y peligrosos, no solo para ella”. 

La siguiente puerta te muestra un espacio de soledad. Una habitación vacía y una imagen de la propia Evelyn contemplando el exterior. Allí mismo, como atando constelaciones en el cielo, aparecen las espaldas de un hombre. “César”, intuyes. Pero la postura sigue de espaldas. Es solo una imagen idílica, incrementada por la falta de información sobre él. César, a su vez, es el puente a una habitación más profunda, con la imagen de la familia que Evelyn perdió hacía muchos años. 

No te sientes celosa. La mente alberga pensamientos y emociones como una esponja de ochenta toneladas. Las más importantes tienen un lugar propio. En el caso de Evelyn, el nexo entre dos lugares revela la necesidad de una familia más que de un hombre. 

En la habitación del frente te encuentras con un ambiente de trabajo. Las personas con las que Evelyn trabaja son una representación tenue de la familia. Podría vivir años de pequeñas felicidades  junto a ellos. 

En la última habitación descubres un recuerdo similar al que siempre tuviste: tu infancia. Años antes de la guerra, cuando tus padres eran tu único universo y hacerlos reír te hacía extrañar cada mañana. Esa habitación tiene una puerta de madera. Se ve fácil de abrir. 

Dudas por un momento. “¿Debo dejar cerrados los otros recuerdos?” Miras nuevamente hacia las dos puertas de hierro y percibes el ominoso aroma de la muerte. Tomas la alternativa de menor impacto. 

  • ¡Gracias! ¡Muchas gracias, Lena! -te dice la voz de la pequeña Evelyn, dentro de la habitación. 

En su rostro encontraste muchos recuerdos: los de tus padres, tu amor perdido en la guerra, tus animales y tu anfitrión amante de la leche. Todo eso es bueno, incluso en grandes dosis.

  • No me lo agradezcas todavía. Tengo una tarea pendiente contigo, pero no puedo terminarla si no estás de acuerdo. ¡Nos veremos pronto!

IV

Lena entrecierra los párpados. Aunque solo fue una visita mental, parecía como si hubiese salido de un interminable pasillo oscuro hacia la luz. Repasa los movimientos de sus manos y pies. Dimensiona el control sobre ellos. Luego, mira el rostro agradecido de su anfitriona. 

  • ¡No sé qué has hecho, pero me siento mejor!
  • No hice nada, Evelyn. Poco a poco recordarás cosas lindas. Cosas por las que vale la pena ser feliz. 
  • ¿Lo viste todo? -preguntó César. 
  • Vi lo suficiente, César. -Dijo la mujer, recostando su cabeza en el cuerpo de su nueva pareja.  No hay nada que reprochar y sí mucho por celebrar. -respondió Lena, conciliando sus propias emociones. 
  • ¡Excelente! -culminó Barack.- ¡Ahora podemos armar un plan para encontrar a otro sobreviviente o acabar con el último monstruo!
  • Sí, Barack. Es tiempo de armar un plan. Y tu entusiasmo me dice que formarás parte de este. Sin embargo, quiero pedirte que lo hagas desde tu oficina. -respondió César.
  • ¿Qué? ¡Pero si allí no hay nada! -replicó el especialista.
  • Hay muchas cosas, Barack. Y estoy seguro de que ahora las percibirás fácilmente. Te habíamos programado unas vacaciones ficticias que terminarán con este toque de queda. Estamos hablando de dos días más, en el mejor de los casos. Si regresas ahora, no habrá pasado nada con tu familia y tendrás una ventana abierta sobre asuntos críticos. Después de todo, ya sabes cómo abrir las puertas cuando estas aparezcan. 
  • Pero…
  • Hay otra cosa, Barack -continuó Lena-. Tienes que cuidar a Lally más que antes. 

El especialista miró a su mujer y la vio más radiante que el día anterior. Las pequeñas arrugas de madurez hacían que se viese más joven o más risueña. Algo completamente femenino estaba ocurriendo con ella y la postura de su mano en torno al vientre terminó de gritarle la respuesta:Estaba embarazada.

  • ¿Cuándo lo supieron? ¿Cómo no me lo dijeron antes? -criticó Barack.
  • El día que encontramos a Daniel salimos de compras. Allí Lena se compró un vestido y yo una prueba de embarazo. Ya lo sospechaba desde antes, pero recién hoy por la mañana me apliqué la prueba. Lena fue la primera que me vio. ¡Serás papá! -le respondió Lally. 
  • ¡Felicidades, Barack y Lally! ¡Ya les tocaba! -aplaudió César. 
  • ¡Bien hecho, Barack! -exclamó Daniel.
  • ¡Qué felicidad! ¡Me alegro mucho por ustedes! -agregó Evelyn.

El estupor de Barack pasó rápido. Estaba rebosante de orgullo y liberado de un gran peso. Una parte de él quería un poco más de acción. Sin embargo, sus compañeros de equipo eran prácticamente indestructibles al lado de él y su mujer.

  • De acuerdo. Pero no se librarán de mis llamadas. Los estaré vigilando. ¿De acuerdo?

V

En menos de veinticuatro horas se procedió con el levantamiento del toque de queda. Se instauraron nuevas Prohibiciones, relacionadas con la identificación inmediata y el aprovisionamiento. No fueron las noticias sino las acciones de César y Barack las que los previnieron para documentarse adecuadamente. Crearon identificaciones alternas para cuando fuese necesario y reconfiguraron el registro del laboratorio en el que estaban viviendo. Esa fue la despedida del especialista. Él y su esposa estarían viviendo sus antiguas vidas, reuniendo información y retransmitiéndola a través de un canal encriptado. 

También le preguntaron a Evelyn si deseaba reiniciar su vida con ellos. Después de todo, la joven y el matrimonio eran los únicos normales en el grupo.

  • Queridos Barack y Lally, me siento feliz del amor que hay en ustedes y que quieran compartirlo conmigo. Pero mi nueva vida ha empezado aquí y creo que este es mi lugar. -contestó.

Daniel iluminó su rostro como nunca antes y por un momento coincidió con el de la muchacha. Esa luz se prolongó durante la cena y el grupo escuchó el silbido rítmico de un joven que se había dejado de odiar a sí mismo. Por toda esa alegría, bebieron como vikingos; celebrando la que sería su última comida juntos. 

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